La vicedecana de nuestra Facultad, Dra. María Liliana Córdoba, es la candidata a vicerrectora para las próximas elecciones por el espacio Vamos UNC, única lista opositora a la actual conducción rectoral. Las mismas se desarrollarán, de manera presencial, el 20 y 21 de mayo, aunque en el claustro de egresados el voto a distancia podrá emitirse entre el 11 y el 19 de mayo.
En esta entrevista le propusimos conversar sobre las razones y el significado de su candidatura, la necesidad de un proyecto alternativo al oficialismo dentro de la UNC y lo que está en juego en esta instancia para nuestra facultad y para las ciencias sociales en particular.
Esta semana fue el lanzamiento de la fórmula rectoral de Vamos UNC para las elecciones del 20 y 21 de mayo, en las que acompañarás a Pedro Pérez Malvasio como candidata a vicerrectora de la UNC. ¿Qué implica esta candidatura para el espacio político y para vos en términos personales? ¿Qué motivaciones te movilizan?
Tanto mi candidatura como la de Pedro representan un desafío que nos trasciende, y se inscriben en una memoria política común. En este espacio están quienes lucharon contra la dictadura y pelearon por la democracia en los años 80; quienes nos movilizamos contra la LES, el arancelamiento y la privatización en los 90; quienes impulsamos el cambio universitario en los 2000 y logramos gobernar y transformar la universidad con la primera y única rectora mujer en 400 años; y estamos también quienes defendemos la universidad cada vez que la atacan, en las marchas, en las calles, en las aulas, en los laboratorios, en los sindicatos.
Entonces, esta postulación es una decisión y una construcción colectiva. En Vamos compartimos una visión: que la política universitaria es responsabilidad de los docentes, los investigadores, los estudiantes, los nodocentes, los egresadxs y por eso no somos políticos que gestionan la universidad, sino universitarios que ejercen la libertad y la responsabilidad de autogobernarse.
En términos más estrictamente personales, considero que la perseverancia y el entusiasmo me caracterizan. Provengo de una familia perseguida por la última dictadura militar, como muchas otras en este país. Vengo de una infancia y una adolescencia muy difíciles, donde me costaba mucho pensar en la universidad como algo posible para mí. Y sin embargo acá estoy. No solo porque soy tenaz y muy estudiosa, sino sobre todo porque siempre, incluso en los momentos más oscuros y dolorosos de mi vida, hubo muchas, muchas personas que me ayudaron, me sostuvieron y confiaron en mí. Y porque también hubo instituciones y políticas que me acompañaron. Yo no hubiese podido estudiar en la universidad sin la ayuda de mi abuelo, sin una beca de la Secretaría de Políticas Universitarias para estudiantes de alto rendimiento, y sin los trabajos precarios con los que completaba esos ingresos. No hubiese podido avanzar sin profesores que me abrieron sus bibliotecas y me prestaron sus libros, sin mis compañeros de curso y de militancia. No hubiese podido doctorarme sin las becas del CONICET, y el apoyo de mis profesores. Como muchas otras y muchos otros en la UNC, soy un ejemplo de que la universidad es un lugar igualitario, un lugar donde se juega la formación, pero sobre todo esa promesa democrática de que el origen no dicta el destino y de que un Estado presente y solidario puede ayudar a las personas, y por ende a las comunidades, a vivir mejor que las generaciones anteriores. Esa historia personal, además de mis ideas y mis convicciones políticas, son las que me movilizan para afrontar este nuevo desafío, acompañada de mucha otra gente, por supuesto.
Soy profesora concursada a cargo de materia en la Facultad de Ciencias de la Comunicación y en la Facultad de Ciencias Sociales, y dirijo un proyecto de investigación y un programa de investigación. Mis temas han estado siempre relacionados con la política, la comunicación y la democracia. También dirijo proyectos de extensión, y de manera permanente estoy acompañando trabajos finales de grado y tesis de posgrado, porque todo eso es lo que hace a nuestro sentido como universitarias y universitarios. Pero siempre me interesó también la participación política en la universidad y la gestión. Cuando era estudiante fui consejera en representación de ese claustro, y más tarde consejera docente. Fui secretaria de Asuntos Estudiantiles, secretaria de Posgrado y secretaria de Investigación y, en esos roles, integre consejos asesores que me permitieron conocer la realidad de distintas facultades de la UNC. Actualmente tengo la responsabilidad de ser la vicedecana de la FCS. Nunca deje de hacer lo que más me apasiona: ser docente y hacer investigación, así que siempre que estuve en gestión mantuve mis funciones allí.
¿Por qué es necesario ofrecer y fortalecer una propuesta renovadora respecto a la actual conducción de la universidad, que ya lleva 10 años de conducción?
Vivimos una época difícil, crítica, atravesada por conflictos, por guerras, por genocidios a cielo abierto, por desigualdades crecientes, por crueldades extremas, por ausencia de utopías.
En la universidad se agudizan las contradicciones entre dos modelos: el de la mercantilización y el de la democratización. Se trata de una contradicción que no es abstracta, sino muy concreta. Se expresa en el abismo que existe entre la política de los funcionarios y las necesidades y problemas reales de las y los docentes, estudiantes, egresadas y egresados y nodocentes. Entre la necesidad de reformas académicas y los planes de estudio que se aprueban a espaldas de la comunidad y se implementan sin consensos. Entre una gestión rectoral que crea áreas y secretarías con nombres pretenciosos y los presupuestos de facultades que no alcanzan para nada.
Nuestro diagnóstico es que la universidad sufre una gran fragmentación interna, una creciente desigualdad entre las distintas facultades y la pérdida de claridad de un proyecto común que oriente, desde nuestra diversidad —de disciplinas, de culturas institucionales, de trayectorias— el sentido de nuestro hacer cotidiano. Se centralizan decisiones estratégicas sin el debate y la participación necesarias, se trasladan responsabilidades a las facultades sin los recursos necesarios para afrontarlas y se debilitan los espacios de cogobierno.
Por eso es que frente a las elecciones rectorales no podíamos quedarnos quietos, era necesario plantear una alternativa. Estamos convencidos de que es nuestra responsabilidad y nuestra obligación escuchar y representar a los cientos de docentes, estudiantes, nodocentes y egresados que saben que la UNC puede y tiene que ser mejor, que puede y tiene que ponerse de verdad a la altura de los tiempos que corren.
Necesitamos mejorar la calidad institucional de la UNC fortaleciendo el cogobierno, la participación y la representación. Necesitamos políticas académicas integrales, que piensen el impacto de reformas en estudiantes y docentes, que integren la formación crítica y ética en IA, que piensen el perfil de las graduadas y los graduados en función de nuevas realidades profesionales y laborales. Y necesitamos políticas integrales de inclusión, igualdad, mejora de las condiciones de trabajo y salud integral. La autonomía y la autarquía deben permitirnos discutir más y mejor como comunidad universitaria nuestras propias decisiones, más aun en este contexto, enfocados mucho más en los problemas reales de nuestra comunidad.
La Facultad de Sociales tiene falencias presupuestarias y de infraestructura, como otras varias en la UNC. Desde las facultades menos consolidadas de la universidad, ¿qué aspectos es necesario poner en el centro del debate en esta etapa electoral?
En la UNC nos debemos varios debates urgentes y trascendentes. En primer lugar, una reforma política, pues la actual ponderación para elección de autoridades no es representativa de la universidad en su diversidad y composición. En ese sentido, es necesario revisar el estatuto de la UNC en términos de ampliación de la ciudadanía universitaria, fortalecimiento del cogobierno y equilibrio de la representación de las distintas unidades académicas
Otra aspecto, que se deriva del anterior, es abordar las enormes desigualdades existentes entre unidades académicas, pues asistimos a una fragmentación institucional ante la ausencia de políticas centrales que garanticen equidad, hay una falta de criterios uniformes para la creación de cargos y una resolución desigual de problemas de acuerdo a los recursos propios de cada unidad académica, lo que genera una profundización de las brechas entre facultades. Esta desigualdad se expresa también en la generación desmesurada de cargos políticos en el Área Central. Nuestra facultad tiene aún mucho por reclamar y conseguir en ese plano, tanto en lo político como en lo presupuestario.
Por último, hay que poner en el centro del debate, hacia dentro y fuera de la comunidad universitaria, el incumplimiento del Gobierno nacional en lo que respecta a la vigencia plena de la Ley de Financiamiento Universitario, una cuestión sobre la cual la actual gestión de la UNC ha mostrado poca iniciativa y contundencia. Necesitamos un rectorado que defienda más y mejor a los universitarios.
Desde tu rol de vicedecana de la FCS, ¿cómo impactan estas elecciones en la situación que atraviesan las ciencias sociales en particular?
Como decía anteriormente, transitamos un momento muy difícil. Sentimos a diario que las políticas de desmantelamiento y vaciamiento presupuestario, sumadas al deterioro de los salarios universitarios y a las dificultades crecientes de las y los jóvenes para dedicarse a estudiar, dejan poco margen para la acción. Estamos ante una situación inédita para el sistema universitario y científico público, atacados desde el prejuicio y el desconocimiento, pero también desde la más siniestra intención de avanzar en su destrucción definitiva.
Pero es justamente aquí donde debemos insistir en lo que las ciencias sociales podemos hacer: comprender, explicar, intervenir, incidir, imaginar en la sociedad, en la política, en la cultura. Desde las ciencias sociales —que incluyen a nuestra facultad, pero también la trascienden— somos una comunidad de profesores, estudiantes, egresados y nodocentes con vocación, compromiso y capacidad para proyectarnos con una potencia que combine rigurosidad académica con imaginación política e incidencia pública. Ese es nuestro horizonte.
Hace pocos días escuchaba a Lucrecia Martel diciendo algo muy hermoso: “nos toca inventar el futuro próximo, un futuro que nos guste. Si no nos imaginamos en el futuro es imposible inventar algo diferente en el presente. Tenemos esa responsabilidad política, es urgente, y hay que llevarla a cabo con alegría”.
Me gusta pensar que, en estos momentos, estamos asumiendo esa responsabilidad de la que habla Martel. Porque no es posible inventar un futuro mejor para nuestra sociedad si la universidad no es parte de esa tarea. Queremos hacerlo con alegría y pasión, porque la imaginación política no se genera en consignas que se repiten. Con mucho debate, porque sin debate la política es solo administración de lo que existe. Y escuchando a quienes piensan distinto, hablando con los que tienen miedo de decir lo que piensan o denunciar lo que les pasa, porque lo que queremos es ampliar y representar más allá de nuestra identidad. La invitación es a profundizar la democracia universitaria, que es profundizar la democracia en nuestra sociedad.

