La Universidad es en buena medida una disputa de legados, de palabras, de ideas, de nombres propios que dejaron una marca en la historia y que así acompañan la vida institucional, confiriéndoles una temporalidad extensa. El sentido de ciertas inspiraciones históricas es a veces inequívoco: “La juventud universitaria de Córdoba, por intermedio de su federación, saluda a los compañeros de América toda y les incita a colaborar en la obra de libertad que inicia,” por ejemplo. En tanto que otras veces las generaciones deben enfrentarse con una opacidad de las cosas que reciben de otras generaciones, pues su significado no se obtiene sin un trabajo. Y otras veces se trata de un hallazgo motivado por la acción conjunta de la fortuna y la urgencia de pensar lo que ocurre. La intensa mención de Deodoro Roca en el discurso que brinda Horacio González en el “1° Congreso Nacional en Ciencias Sociales: Las ciencias sociales a los 100 años de la Reforma Universitaria” se inscribe en este último caso.

Las palabras de González se despliegan sin limitaciones, abriendo puertas a mundos olvidados, a escrituras esenciales, a tradiciones y personas arrojadas a los márgenes: “Creemos no equivocarnos: las resonancias del corazón nos lo advierten: estamos pisando sobre una revolución, estamos viviendo una hora americana”. Una lectura vibrante y apasionada de las primeras líneas del Manifiesto Liminar marcan el inicio de la ponencia; también la relevancia alcanzada del hecho histórico que contiene. Irrepetible en la vida del país, el Manifiesto posee un poder que emana de un poder anterior, el de la Revolución de Mayo.

La Reforma Universitaria, su Manifiesto, la lectura de su Manifiesto, transmite la comprensión profunda de lo que ese texto lega como un tesoro, para cuyo descubrimiento no basta con un simple estudio; comprenderlo es sentir el poder del Poder. La Reforma es totalmente reivindicable como lugar histórico, como la sede moral de grandes escritos, y uno de ellos se lo debemos a Deodoro Roca, el Manifiesto Liminar, al que también se le pueden criticar ciertas retóricas del modernismo de la época. Sin embargo es un texto que comienza ubicando la Reforma en una serie que expresa grandes luchas para generar espacios de emancipación. Y esa larga serie coloca el momento originario de esas luchas en siglos muy anteriores: la lucha contra el absolutismo, contra los espíritus más oscuros de la historia del hombre. Por lo tanto los acontecimientos de Córdoba venían a coronar una larga gesta de la humanidad. Es un atrevimiento muy interesante afirmar que no sólo pertenecen al ámbito estudiantil. Quisiéramos tener hoy atrevimientos de esa índole, atrevimientos que pongan a los países a la altura de grandes historias del espíritu colectivo de reparación y justicia.

González desafía y problematiza la asimilación académica de un pensamiento de fronteras, de pensamientos reacios a dialogar con lenguajes y conocimientos sociales, urbanos. Para ello proyecta el mapa de la cultura apropiándose de los saberes más disímiles, “la universidad un poco esta para leer lo que nadie lee y otro poco esta para leer lo que todos leen”. Es en esta conciencia que la Universidad, a partir de la actualidad va a poder leer los escritos que la anteceden y sus prefiguraciones.

El Manifiesto encierra muchos mitos, cuenta el sociologo que Deodoro Roca se paseaba dictando alrededor de otro que escribía a máquina en una sala llena de humo, esa es una imagen potente que puede liberar la pura anécdota y convocar como inspiración para nuestras propias reformas, las que resulta necesario librar ahora: “Hombres de una república libre acabamos de romper la última cadena que en pleno siglo XX nos ataba a la antigua dominación monárquica y monástica. Hemos resuelto llamar a todas las cosas con el nombre que tienen. Córdoba se redime. Desde hoy contamos para el país una vergüenza menos y una libertad más. Los dolores que quedan son las libertades que faltan”

El Manifiesto tiene elevadas proyecciones, las escalas de la Reforma está a la altura de la Revolución de Mayo y eso es irrepetible en la historia de Argentina, donde hubo muchos manifiestos pero con una corta vida. La Reforma era el voto estudiantil, la cátedra paralela, la gratuidad y libre asistencia a clase, la libertad de cátedra, el régimen de concursos, la extensión universitaria, la investigación...
No sólo encontramos en esa recuperación plenamente política las condiciones para una confluencia de la tradición reformista y la tradición de la universidad popular promovida en el primer peronismo, también para una potenciación mutua entre los conceptos de autonomía y nación, entre la libertad de pensamiento y el compromiso con los dramas sociales, de los que la universidad no puede desentenderse si aspira a la calidad. Y sobre todo como un efecto tardío de la más emblemática revuelta producida por la juventud americana, estalla en nuestros días la contribución de la Reforma Universitaria a la reforma social que anunciaba Deodoro Roca hace ya muchos años.

Para Deadoro Roca, la chispa revolucionaria (la “iskra” como decía Lenin) se da en la universidad, como metonimia de una polis liberada. El espíritu originario de la Reforma es un espíritu desmesurado. Declara que toda ciudad debería ser universitaria, que toda revolución debería comenzar en la universidad, que América Latina debería ser una red de universidades, imaginando un gran cambio social. Eso ha ocurrido parcialmente en la historia del siglo XX en Latinoamerica.

Y en diálogo con el movimiento estudiantil de esta época, hay que ver si no es posible recuperar el hecho de que la autonomía universitaria no es sólo una fórmula política, financiera, económica y cultural, sino que es una fórmula vinculada a que el conocimiento se auto-constituye. En este sentido quizás hasta sea cierta esa gran dimensión utópica de la Reforma Universitaria, que es la de imaginar aunque sea un minuto, un segundo en la vida de una institución, que lo que aparece como novedad en su vida cotidiana, lo que podríamos llamar el impensado ejercicio de sentirse dentro de la vida del conocimiento, pueda ser una inspiración colectiva que luego se disemine en el resto de las prácticas políticas y sociales de la humanidad. González remarca “humanidad”, porque allí se pretendió la Reforma Universitaria. Y no vendría mal, y no sería desacertado, volver a pronunciar esas grandes palabras y revivir esos grandes textos.